La clase media argentina ante el desafío de una nueva identidad

Mauricio Macri en una de las Marchas del Sí, Se Puede (2019).

Los otros días caminaba por Plaza de Mayo cuando vi a un guía turístico rodeado por un grupo de europeos que parecían desprendimientos del elenco de Cocoon. La señal de identificación del grupo era un banderín rojo que flameaba con la corriente de viento que a veces baja desde Diagonal Norte hacia el río. La fábula que el pibe habría repetido miles de veces ya era parte de eso que llamamos historia y la distancia que supone escucharla en inglés me pareció útil para interpretar el delirio generalizado. “Here, in the Cabildo, took place the first public demonstration in the history of Buenos Aires. A group of 400 persons went out to the streets to ask for a goverment of their own”.

La historia política nacional está poblada de alzamientos callejeros que esos hombres y mujeres de acento español no podían imaginar bajo la lluvia elemental de mayo. Del Grito de Alcorta al Cordobazo, del Día de la Lealtad hasta el #8N, la incesante actividad en las calles tiene muchas razones posibles pero un fundamento original: el drama de la identidad. ¿Qué somos los argentinos? ¿Cuál es el contrato tácito que nos une? Lejos de una voluntad totalitaria, toda nación moderna basó su progreso en una serie de ideales comunes que cada facción orienta hacia un lado u otro del espectro ideológico. Nuestra incapacidad para entender quiénes somos rompe una y otra vez la ilusión de la representación democrática porque, bajo esta lógica, un gobierno cualquiera sólo puede quedar en manos de extraños. El argentino abandona entonces su molesta condición de ciudadano para volverse un individuo que refuta sin saberlo la famosa frase de Hegel: “el Estado es la realidad de la idea moral”.

El drama de la identidad es un fenómeno fundamental en la clase media, en principio porque gran parte de su interacción con la realidad es simbólica. Es muy revelador repasar un fragmento de Buenos Aires, Vida Cotidiana y Alienación de Juan José Sebreli escrito en 1964.

La relación directa con la mercancía, tanto en el empresario como en el obrero, condiciona a ambos a tener una relación realista y práctica del mundo y a actuar de acuerdo a sus propios intereses. La clase media en cambio no posee cosas como el burgués ni las fabrica como el obrero […]. Esta peculiar situación la ha llevado, a diferencia de las otras clases, a preocuparse más por los valores simbólicos que por los materiales. Intermediaria entre los productores y los poseedores –abogados, contadores, profesores, periodistas, corredores, comisionistas, empleados de banco, simples oficinistas–, la clase media ha manejado sólo símbolos abstractos de las cosas –palabras, cifras, esquemas, diagramas, fichas, expedientes, planillas–, circunstancia que la ha predispuesto a una visión idealista del mundo, a una mentalidad legalista y administrativa, a la creencia en el valor absoluto de las ideas, de los papeles escritos, de las consignas, de las reglamentaciones, de las órdenes […]. La historia no ha sido para la clase media una lucha de fuerzas entre grupos antagónicos que responden a necesidades objetivas, a intereses de clase […], sino una pugna de voluntades individuales, de intenciones subjetivas […]. Por consiguiente una política será buena o mala según la ejerzan individuos con buenas o malas intenciones. Por eso el radicalismo yrigoyenista, típica expresión de la clase media en su momento de apogeo, pretendía encarnar una política de carácter íntimo, casi doméstico, basada en contactos personales cara a cara, de manos afectuosas, de conversaciones […] entre las cuatro paredes de un comité con calor de hogar.

El texto que van a leer es un estudio muy modesto sobre la identidad y la historia de la clase media nacional. En muchas de las manifestaciones que aquí se relatan estuvieron mis abuelos, mis padres y mis amigos con ideas que se oponen y se unen tras el trabajo siempre sanador del tiempo.

Una definición

El sociólogo Ezequiel Adamovsky escribió en 2009 Historia de la Clase Media Argentina, uno de los pocos estudios sobre este tema en un país que, paradójicamente, se jacta se poseer clase media frente a sus vecinos de América Latina. El problema de Adamovsky es el mismo que refleja de manera sintética el escritor Luis Chitarroni en una reseña del libro que transcribo:

No hay motivo ‘científico’ por el que necesariamente deba considerarse a dependientes de comercio, empleados del Estado, telefonistas, bancarios, enfermeros, etc. como ‘clase media’ en lugar de situarlos como parte de la ‘clase trabajadora’, con la que comparten la dependencia de un salario y muchas otras condiciones de vida (…) Por otra parte, tampoco encontraremos indicios de que un profesional o un alto funcionario se sintiera parte de una misma ‘clase media’ junto con, digamos, un carnicero, un almacenero o un empleado municipal. (p. 51). Así, no habría una clase basada en compartir un mismo lugar en la estructura social, distributiva o en las relaciones de producción, sino una identidad creada, generada en algún momento posterior. ¿Cuándo? Para el autor, la agitación social intensa que tuvo lugar en el país hacia finales de la segunda década del siglo XX, bajo el influjo de la Revolución Rusa y de la Semana Trágica, con una creciente solidaridad entre diferentes grupos laborales, generó una vasta operación de los sectores dominantes destinada a crear en la sociedad una identidad diferente, que separara a la población bloqueando la posibilidad de construir solidaridades políticas amplias. Esta es la primera de las tesis que sostiene Adamovsky: Si las jerarquías iban a sobrevivir, era preciso que los reclamos, métodos e ideas de los obreros no se expandieran a otras clases. En otras palabras, había que construir los ‘diques’ de una nueva jerarquía social que marcara distancias más claras entre las clases más bajas y los sectores que hoy llamamos ‘medios’, entre los más revoltosos y el resto de la población. (pag. 58). De allí en más, se extiende en una cuidadosa indagación en busca de las huellas de esta operación de clasificación y de los medios empleados: el fomento del individualismo, el uso de la publicidad y la moda en la creación de un estilo de vida diferenciado y propio de la clase media. La escuela, por cierto, no habría sido ajena a este cometido.

Como perfectos pensadores de izquierda, tanto Chitarroni como Adamovsky imaginan una conspiración de los “sectores dominantes” para generar en los ciudadanos sentimientos aspiracionales que los diferencien del proletariado que, por cierto, no es más que otra agrupación arbitraria de la teoría marxista que aquí se acepta sin matices. Desde su punto de vista, entonces, el origen de la clase media estaría mediado por una traición o por mera manipulación; esta mirada olvida voluntariamente el mayor crecimiento económico de la historia humana, el auge de los medios de comunicación y la urbanización de la vida social. El fragmento es, de todos modos, útil para comprender la concepción sobre la clase media del nuevo progresismo: las citas de aquel horrible poema atribuido erróneamente a Mario Benedetti o los tweets fascistas de columnistas de Página 12 no son el resultado de impulsos emocionales sino síntomas de una visión sesgada con vasto sustento teórico.

La idea de que la pertenencia a una clase sea una cuestión identitaria me parece, de todos modos, acertada. En Argentina, un estudio del 2019 expresa que el 82% de los argentinos imagina que pertenece a la clase media pero solo un 45% está incluido “técnicamente”, por ingresos y nivel educativo, en ese estrato social. Ese hiato abre un enorme signo de pregunta: ¿por qué queremos ser de clase media?

En el estudio de las clases se cruzan, al menos, dos miradas. El marxismo pone el foco sobre los medios de producción y dice que todo aquel que vive de un salario es un trabajador y por lo tanto pertenece al proletariado, clase explotada sin matices por una burguesía a la que es necesario exterminar. Este análisis corre el albur de parecer simplista pero nadie puede negar su espectacular éxito. Sobre este marco teórico se inscriben estudios como el de Ezequiel Adamovsky o el del intelectual británico Owen Jones: ambos analizan a la creación de la clase media como un medio para disipar la conciencia de clase que Karl Marx tomó de la dialectica hegeliana y cimentar una suerte de fervor consumista sobre el que se basa todo el modelo capitalista moderno. Alrededor de las capas medias se diseñan las campañas políticas y las montañas de publicidad que las redes sociales y la televisión repiten hasta el cansancio.

Las clases también pueden segmentarse a partir de una mirada técnica que sencillamente estudia el nivel de ingresos y educación de una sociedad y la divide en tres capas: alta, media y baja. ¿Donde quedaron los trabajadores ahora? Como la esfera de Pascal que cita Jorge Luis Borges, en todas partes o en ninguna. Un empleado de comercio que se reconoce de clase media antes que trabajador no está siendo manipulado por las élites sino que está imaginando la posibilidad de progreso frente a una narrativa más bien estática. Por otro lado, el mundo laboral está en permanente mutación e imaginar a un obrero como a un operario de Metrópolis ya no tiene ningún sentido. En Argentina, definirse como trabajador parece más la adscripción a un universo simbólico no exento de ventajas que a la ejecución de una serie de tareas concretas. Hugo Moyano y Antonio Calo dejan de lado el pudor que podrían generarle sus enormes fortunas personales y se proclaman trabajadores; en esa declaración está el centro de su negocio. Frente a una sub ocupación creciente y extendida, muchos dirigentes sociales están usando el eufemismo “clases populares” para quitarse de encima el problema técnico del trabajo sin dejar de presentarse como víctimas de una vasta conspiración de las élites.

Un albañil que trabaja bajo el sol inclemente ejerce su rutina con el afán de prosperar; como sucede con el empleado de comercio, la esperanza de que eso suceda es la adscripción a una serie de utopías más o menos modestas que llamamos progreso. Aquí llega el quiebre: el Progreso no deja de ser un proyecto del capitalismo basado en la libertad y el mérito, una verdadera pesadilla para el nuevo progresismo que supone que las esperanzas de ese albañil son fantasías crueles cimentadas bajo toneladas de publicidad. La campaña contra la “meritocracia” desatada a inicios del gobierno de Mauricio Macri es trascendental porque, si el mérito o el esfuerzo no ordena el éxito de un individuo, ¿qué debería hacerlo? Otra vez se pone en juego una cosmovisión universal que pendula hace siglos alrededor del orden o la libertad, la fuerza coercitiva del estado o la del mercado. En Argentina, esta discusión tiene una vigencia inédita y está cruzada por identidad poderosa: el peronismo.

Un drama de origen

La representación política de la clase media nació con el radicalismo en el país expansivo de finales del siglo XIX. El auge de la educación pública, el crecimiento de las ciudades y la prosperidad agro exportadora transformaron a los súbitos argentinos en ciudadanos del mundo, orgullosos integrantes del sector social que sería el protagonista fundamental de las próximas décadas. Los sectores medios de la sociedad aumentaron a un ritmo sin precedente: pasaron del 10% de la población en 1869 al 30% en 1914, es decir, se triplicaron en sólo 45 años. Tras elecciones fraudulentas y fallas en el sistema de representación que la ley Saénz Peña vino a solucionar parcialmente, la presidencia de Hipólito Yrigoyen inició en 1916 un ciclo de crecimiento sostenido del 8% anual.

La prosperidad duró hasta el crack de Wall Street de 1929, cuando la crisis económica y la intención de Yrigoyen de nacionalizar el petróleo precipitaron en 1930 el primer golpe de estado del siglo. Los conservadores y las élites de Buenos Aires contaron con el apoyo inesperado de los sindicatos, cuyas demandas por derechos básicos fueron el motor de un descontento que tuvo en los fusilamientos de Santa Cruz y en los progroms de la Semana Trágica su escenificación más brutal. En ese contexto, con el radicalismo fuera del poder, nadie esperaba que el funeral de Yrigoyen se transformara una de las manifestaciones espontáneas más masivas e inesperadas de la historia argentina. 200 mil personas llevaron su féretro hasta el panteón de los caídos en la Revolución del Parque, origen mítico de la Unión Cívica Radical. Era el primer duelo de la nueva clase media y el inicio de su autoconciencia.

200 mil personas asistieron al funeral de Yrigoyen (1933).

Los años posteriores pasaron a la historia como la década infame: conservadores y militares se sostuvieron en el poder con elecciones en las que “fraude patriótico” fue un eufemismo demasiado sincero. La masiva ola inmigratoria de entreguerras generó una crisis de representación que acabó siendo el contexto ideal para la aparición fulgurante de Juan Domingo Perón, un militar de carrera que formó parte activa en el golpe de estado de 1943. El nuevo gobierno de facto a cargo de Edelmiro Farrel le cedió la Secretaría de Trabajo, una dependencia sin importancia en el entramado político de aquellos días. Cuando los regímenes fascistas caían en Europa, Perón tomó de Benito Mussolini la relación corporativa con los sindicatos como vía para la ampliación de derechos laborales y como eventual bloqueo del fantasma marxista que recorría Europa. Nadie estaba preparado para el nivel de propaganda y auto celebración que el nuevo líder carismático nacional traía como una importación de lujo del viejo continente. La ampliación de beneficios para los trabajadores fue vertiginosa, realizada mayormente por decretos sin previa consulta al sector empresarial, algo que generó tanta indignación como el forzado control de precios y la creciente demagogia.

En un marco de creciente polarización se produjeron en 1945 dos manifestaciones callejeras fenomenales: en septiembre la Marcha de la Constitución y la Libertad y al mes siguiente el mítico 17 de Octubre. La primera, sometida al olvido, fue una movilización de las clases medias de Buenos Aires desde el Congreso al Cementerio de la Recoleta en la que se reunieron más de 200 mil personas, una cifra impresionante para aquellos años. De la marcha formaron partes radicales, socialistas, conservadores y el flamante embajador de Estados Unidos, Spruille Braden, opositor al incipiente peronismo y operador internacional contra la conformación de sindicatos. ¿Que reclamaban? Es valioso leer el Manifiesto de las Cámaras de Empresarios publicado en junio de 1945:

“Se estimula el resentimiento y un permanente espíritu de hostilidad y reivindicación, se destruye la solidaridad en la justicia, única fuente de trabajo, de bienestar y de progreso. (…) Desde que se ha creado la Secretaría de Trabajo y Previsión –organismo cuya existencia no objetamos–, se mezcla en la solución de los problemas sociales ese espíritu que denunciamos y cuya unilateralidad por decreto quiérese justificar en la necesidad de combatir y extirpar el comunismo (…) hemos sido aludidos en el discurso pronunciado el 1º de Mayo por el Secretario de Trabajo y Previsión cuando afirmara la existencia de intenciones políticas en nuestro movimiento, detrás del cual acusaba la acción de manos extrañas, revelando al mismo tiempo el juicio que le merece el comercio del país, descripto como una turba de traficantes de lo ajeno y prestidigitadores del precio. (…) Entretanto, el gobierno prosigue e intensifica una política económica y comercial cuyas consecuencias peligrosas nos hemos esforzado en demostrar sin éxito, y cuya manifestación más visible consiste en la arbitraria fijación de los precios.

La respuesta del propio Perón fue inmediata. Al día siguiente llamó a una conferencia de prensa en su despacho y sus palabras son una síntesis perfecta de la doctrina que llevaría su nombre. Aún no era presidente pero no tuvo problemas en usar la palabra “revolución” o separar el proletariado y el capital para ubicar al estado, es decir, a él mismo, en el centro.

En los diarios de esta mañana ha aparecido un manifiesto del comercio y de la industria que, en mi concepto, tienen un carácter netamente político (…) Indudablemente la revolución ha estructurado un nuevo ordenamiento económico-social y como todos los nuevos ordenamientos produce sus fricciones. En mi concepción realista del Estado moderno, concibo perfectamente bien los estados actuales: dictadura del proletariado en la extrema izquierda y dictadura del capital en la extrema derecha. La nuestra hasta ahora había sido una dictadura del capital –hay que reconocerlo- y nosotros queremos dar a esa estructura una nueva forma, creando la verdadera democracia en el medio, donde ni el capital ni el proletariado actúan sobre las decisiones del gobierno. Esa democracia consistiría en nuestro concepto, como concepción integral, que el estado, el poder absoluto del poder político, sea el que gobierne sin presiones y sin interferencia.

La Marcha de la Libertad forzó la renuncia y el posterior encarcelamiento de Perón por acción de enemigos dentro de su propio gobierno. El 17 de Octubre los sindicatos salieron a pedir la liberación del líder, encerrado en la isla Martín García. Aquella fecha se agiganta con el paso del tiempo mientras que las movilizaciones de la oposición van dejando de existir, atrapadas en una narrativa que busca vorazmente la hegemonía. El “movimiento nacional justicialista” pasó a ser la memoria popular, el sujeto mismo que recuerda y narra contra una fábula mitrista que hoy languidece en las aulas. El peronismo concibe la diversidad dentro del peronismo pero nada por fuera de él, su fuerza vampiriza a la izquierda y a la derecha y relega al diferente a un rincón incómodo. El mito del horror de la clase media nace allí, en las celebraciones por la caída del “general prófugo” y los bombardeos a la Plaza de Mayo de 1955. Perón reformó la constitución nacional en 1949 y se otorgó tanto la posibilidad de ser reelecto indefinidamente como la de expropiar empresas consideradas monopólicas. También le cambió el nombre a ciudades enteras para llamarlas como su difunta esposa, le quitó a la oposición la posibilidad de usar medio públicos y prohibió a los comerciantes exhibir insignias navideñas en pleno conflicto con la Iglesia. Su discurso se fue haciendo cada vez más violento y divisorio bajo la extorsión permanente de los derechos laborales otorgados a los trabajadores, algo por otro lado irrefutable. La clase media se fracturó en dos partes, una división que excede ampliamente a lo económico: el peronismo es una decisión identitaria que incluye a los trabajadores y a los sectores medios y altos, el no peronismo es la respuesta a una pregunta que un enorme grupo de personas se vio forzada a dar. Entre este ser y no ser vernáculo que evoca a Shakespeare desde alguna unidad básica de Lavallol, el triunfo de Perón fue total.

Un réquiem para la clase media

En los años posteriores a la caída de Perón de 1955 la economía creció a la vez que fue agigantando sus problemas de déficit crónico, un bucle peligroso en el que el auge siempre es causa directa de la caída. La estructura productiva del país estuvo herida de origen por su carácter neo colonial y por una súbita independencia que trajo problemas de endeudamiento en el afán de crear la infraestructura necesaria para conectar un territorio gigante hasta lo inverosímil. El boom agro exportador fue el motor de la inédita prosperidad argentina hasta que las grandes guerras modificaron el mapa mundial: el precio de las commodities bajó y no hubo mercados en los que colocar el excedente de las materias primas. En este punto, la aparición del peronismo fue muy nociva para la creación de riqueza porque su mirada dogmática le quita al entramado productivo la posibilidad de modificarse al ritmo de las innovaciones tecnológicas. La dependencia creciente de subsidios proporcionados por el estado y financiados con impuestos cada vez más altos cimentaron una estructura lista para distribuir dinero pero no para generarlo, falla que el país arrastra hasta la fecha con resultados conocidos. Generar empleo en Argentina tiene un costo muy alto cuyo efecto contradictorio es propiciar la informalidad, con cifras de empleo informal que hoy superan el 40%. Por otro lado, el rechazo al intercambio comercial en nombre de un conveniente nacionalismo aumenta la falta de competitividad de los insumos locales aún cuando el país tiene recursos humanos de altísima calidad para competir en un mundo que solo habita el futuro. Los sucesivos gobiernos de cualquier otro cuño no tuvieron el coraje o la capacidad para implementar cambios y la región en su conjunto padeció desde siempre su dependencia de una corona española que sólo quiso extraer minerales y crear fortificaciones militares; como dice Jorge Abelardo Ramos, la génesis de todos nuestros problemas nació en Castilla en 1490. Lo cierto es que hasta 1970 el país pudo crecer con dificultades en casi cualquier índice que se analice y que, de allí en más, su inviabilidad caerá con dureza sobre las expectativas primermundistas. La democracia que engendró la Revolución Libertadora estaba herida de muerte por la proscripción del peronismo y la escalada de violencia se contemplaba en las páginas de los diarios entre una impostada indignación y una silenciosa alarma. Los gobiernos débiles de Arturo Illia y Arturo Frondizi fueron un consuelo simbólico para una sector de la sociedad que los tomó como emblema del país imaginario. Ni siquiera el regreso del General tras el fin de la oprobiosa prohibición fue capaz de atenuar la inminencia de un desastre económico y social del cual fue uno de sus grandes responsables.

El optimismo indeleble de los años de posguerra comenzó a deshacerse con la primera crisis global del petróleo en 1973. En Argentina, cuatro mandatos peronistas se sucedieron en poco más de un año: Héctor Cámpora renunció para cederle el gobierno a Juan Domingo Perón, el efímero Raúl Lastiri se encargó de la transición y el General cometió la imprudencia de morir. Su viuda, Isabel Martínez, se halló al mando de un escenario con enfrentamientos armados entre sindicalistas, militares y fuerzas revolucionarias y una situación financiera a punto de volar por el aire. El Ministro de Economía de extracción comunista, Ber Gelbard, imaginó que un pacto social resolvería los problemas: congelamiento de precios, alza general de sueldos y congelamiento del tipo de cambio. ¿El resultado? Suena familiar: escasez de divisas de libre disponibilidad para atender una deuda externa de 6.000 millones de dólares, un déficit público que alcanzaba en 1974 el 15% del producto bruto interno y una inflación reprimida pero creciente. Celestino Rodrigo, nuevo ministro tras la salida de Gelbard, aplicó una política de shock: devaluación brusca de la moneda acompañada por un aumento de las tarifas de los servicios y precios de los combustibles. Fue el inicio del Rodrigazo. El 4 de junio de 1975 los argentinos vivieron su primera híper inflación y hubo desabastecimiento de productos esenciales y combustibles. Las grandes empresas, mientras tanto, licuaron sus deudas.

Este es un momento clave en la historia argentina. El salario de la clase media quedó herido de una vez y para siempre. Es muy valioso leer las palabras algo dramáticas de Marcelo Diament publicadas por el diario La Opinión en un artículo de 1975 llamado Réquiem para la Clase Media:

El 4 de Junio figurará, seguramente, en el libro negro de la clase media como el comienzo del Holocausto. Ese día, el ministro de economía de la nación, Celestino Rodrigo, descargó el golpe más formidable a su supervivencia de cuantos registra su laboriosa historia de cinco décadas. Todos los hábitos de ese abanico social nacido con la industrialización del país y conformado en un perímetro que va desde los obreros especializados y los estudiantes hasta los profesionales y los medianos empresarios cayeron bajo amenaza de extinción por efecto de las medidas de shock adoptadas por el gobierno (…) Los hombres y mujeres de clase media fueron obligados a arrugar su presuntuoso individualismo y aceptar masificarse en una cola para conseguir aceite, azúcar, papel higiénico o café. La concurrencia a los restaurantes y a los cines declinó de manera abrupta. Su avidez por la información debió saciarse con un sólo periódico al día.

El desmadre de aquellos años era tan grande que el 24 de marzo de 1976 Jorge Rafael Videla tomó la Casa Rosada sin demasiados sobresaltos; es cierto que la democracia era poco más que una entelequia en un país habituado a los golpes militares desde 1930. El terrorismo de estado fue una respuesta brutal a la violencia de las organizaciones armadas y la patria nacional católica asumió bajo el relato de la paz una matanza silenciosa y sistematizada. ¿Que hicieron las capas medias durante eso años? Ninguna dictadura es solo militar pero quizás valga la pena pensar menos en sectores sociales que en el ejercicio moral de cada ciudadano como el motor final de un vasto silencio de 7 años sustentado por el manejo hábil de los medios de comunicación. Lo cierto es que se extiende en esos años y perdura hasta hoy una concepción de las capas medias con origen fratricida: los baby boomers no vieron en sus padres a los garantes de una libertad ganada con sangre en Normandía sino a patriotas fascistas con el rostro de John Wayne. La juventud tal como la conocemos hoy es el resultado de la explosión demográfica, el triunfo del marketing y la consecuencia lógica de décadas de prosperidad ininterrumpida. Con la Guerra Fría como telón de fondo, parte de la nueva generación se enamoró de la narrativa revolucionaria, la fotogenia de Ernesto Guevara Lynch y la búsqueda de aventuras en busca de la trascendencia que la comodidad burguesa hizo desaparecer. A pesar de estar separados por poco más de 20 años, el sistema de valores entre padres e hijos había cambiado de manera tan espectacular que todo aquello que fuera viejo asumió un sesgo desagradable, una guerra filial que Adolfo Bioy Casares retrató hábilmente en Diario de la Guerra del Cerdo (1969).

Volviendo al hilo de la historia, Hugo Vezzetti hace un análisis muy inteligente sobre la conducta de la sociedad durante el gobierno de facto en su libro Pasado y presente. Guerra, dictadura y sociedad en la Argentina (2002):

Parece claro que para la consolidación de la dictadura no bastó con el despotismo de las cabezas visibles del nuevo esquema de poder. La dictadura en verdad “soltaba los lobos en la sociedad” y estimulaba rasgos de autoritarismo e intolerancia presentes en las condiciones de la vida corriente, que se aplicaron hacia abajo, desde diversas posiciones microsociales de mando (en las escuelas, oficinas, fábricas) pero también en la familia y los medios de comunicación. Fueron muchos los que se plegaron a reafirmar las formas de una autoridad que se imponía a subordinados cada vez más despojados de derechos o posibilidades de control sobre su situación. Una idea fructífera de esos análisis viene a constatar que no alcanzaba con el personal militar y las fuerzas de seguridad: fue necesaria “una sociedad que se patrulló a sí misma”.

El mundial de 1978 y la Guerra de Malvinas fueron episodios de euforia nacionalista, una trampa de Thomas Carlyle importada de Escocia en la que los pueblos con la autoestima golpeada no dejan de caer. El mantra de las buenas intenciones y la manipulación sistemática de gobiernos fascistas de izquierda o derecha son especialmente efectivos para instalar la lógica del enemigo externo y cohesionar a una sociedad en busca de una causa. Tras el desencanto inevitable nació la súbita capacidad de escuchar a las organizaciones de derechos humanos y la auto conciencia parcial del horror que daría nacimiento a una nueva democracia herida de origen. Esta etapa se cierra con el fenomenal discurso de cierre de campaña de Raúl Alfonsín: su épica republicana sería clave para el orden institucional de las próximas décadas.

La gente sale a las calles a celebrar el triunfo de Alfonsín (1983).

Las cacerolas

Tras un primer bienio de esperanza los problemas económicos comenzaron a ensombrecer la democracia argentina de una vez y para siempre. El oscuro objeto del deseo de las capas media será el dólar, escondido en un cajón o congelado en un lugar remoto de la heladera sin distinción de ideologías o adscripción partidaria. En las casas de cambio del microcentro titila la distancia de todo ciudadano con sus sueños y el desdoblamiento monetario no es más que una metáfora perfecta para europeos desheredados y abandonados en un continente confuso. En 1989 una nueva híperinflación adelantó la salida de Raúl Alfonsín que, por su defensa del orden republicano, se convertiría en el nuevo símbolo de la clase media.

La convertibilidad de Carlos Menem recuperó con anabólicos los sueños rotos de parte de la población. El plan que Domingo Cavallo le presentó como una importación directa del Consenso de Washington fue de una audacia extraordinaria: el “uno a uno” atenuó la metáfora del desdoblamiento interno y en el lapso de tres años se privatizaron canales de televisión, empresas públicas de fuerte peso simbólico como YPF o Aerolíneas Argentinas y la caja de jubilaciones. La mejora de algunos servicios públicos, la baja de la inflación y el consecuente acceso al crédito fueron el lado luminoso de este gran salto adelante, un experimento social fundamentado en el optimismo capitalista tras la caída de la Unión Soviética. Los efectos fueron múltiples. Los profesionales y los nuevos empresarios experimentaron una prosperidad renovada representada en el sueño de la casa propia y el viaje al exterior; quienes quedaron fuera de la narrativa menemista habitaron una suerte de limbo que acabó tan pronto como su indemnización. José Natanson estudia el fenómeno en un artículo de Página 12 del año 2008.

Durante los ’90, la clase media sufrió un proceso de heterogeneización que ha hecho que hoy coexistan allí sectores medios altos, nuevos ricos suburbanizados en countries e incluso sectores bajos estructurados (por ejemplo personas semicalificadas como plomeros o dueños de pequeños negocios). Y también, claro, los nuevos pobres, que cayeron en la pobreza durante la crisis (…) Como escribió Gabriel Kessler, los nuevos pobres se asemejan a la clase media en aspectos de largo plazo (educación, profesión, familias poco numerosas) y se parecen a los pobres en aspectos de corto plazo (acceso al consumo).

En las zonas menos glamorosas del conurbano, ahí donde se asentó la inmigración latinoamericana y donde el atrasado entramado industrial aún funde sus últimas bielas, no hubo más soporte que el clientelismo que profesionalizó Eduardo Duhalde en la provincia de Buenos Aires y que quedaría como un actor permanente de la política vernácula. Las organizaciones sociales se crearon al calor de un desempleo que llegó a alcanzar al 20% de la población, una cifra que no deja de ser espeluznante. El proyecto menemista nunca fue más que un experimento, una suerte de solución mágica que no terminó de transformarse en un programa de largo plazo en un país con empresarios poco habituados al riesgo, mala formación laboral, una cultura emprendedora apenas desarrollada y una desigualdad de origen que los años no harían más que agigantar.

Durante el menemismo se amplifica un mito discriminatorio que formará parte de las conversaciones más retrógradas de la clase media: una parte de la población trabaja para mantener a los vagos y a los beneficiarios de planes. Frente a una carga impositiva propia de un país escandinavo pero servicios de pésima calidad, el drama de la política económica va haciendo imposible la convivencia de dos clases que parecen más bien dos maneras completamente diferentes de percibir la realidad. No se trata de buenos o malos sino de necesidades distintas e igualmente válidas que deberían ir en paralelo pero comienzan a oponerse. El “otro cultural” y la estética villera aparecen como un tiro por la culata de de esa concepción clasista y serán motivo de cientos de películas y canciones, algunas horribles, otras memorables. Es curioso: el gran legado de los noventa será su contraparte malhablada, aquello que no pudo integrarse a la legendaria fiesta.

La asunción de Fernando De La Rúa en 1999 se selló con una promesa: mantener la convertibilidad y depurar la corrupción. Su alianza con el peronismo progresista pareció inviable desde el comienzo y el destino, ciego a las culpas, fue demasiado cruel con los errores. Los sindicatos, confortablemente adormecidos en la década anterior, impulsaron una serie de paros y movilizaciones que no dieron ningún margen político a un presidente débil que dejaría como único legado la triste metáfora del helicóptero.

La crisis del 2001 fue la madre de todas las crisis: combinó el desmadre económico con el vacío simbólico. La ficción que ordena los días se deshizo y con ella la ilusión democrática y su sistema de representación cada vez más indirecto. “Que se vayan todos” fue el grito primal de la clase media, un pedido de auxilio que se fundó en lo material pero que era ante todo un fenómeno del espíritu. La “ciudadanía” tomó la cacerola, salió a la calle y se encontró en el camino con un nuevo actor social, el piquetero, enfundado en capuchas, armado con palos, dispuesto a todo bajo las órdenes de un caudillo barrial cuyo poder se financia con los pesos devaluados de la Anses sin dejar de ejercer jamás un marxismo doctrinario. Recuerdo haber visto flamear el rostro de Lenin sobre el puente Avellaneda y sentir una emoción muy genuina pensando en los rumbos misteriosos de la historia. Unidos menos por el amor que por el espanto, los dos sectores crearon juntos un jingle publicitario: “piquete y cacerola, la lucha es una sola”. El romance fue efímero.

“Que se vayan todos”, el grito primal de la clase media (2001).

En su afán por luchar contra el fantasma del empobrecimiento inevitable, la clase media necesitó reforzar la diferencia y se blindó con el poder simbólico de lo material. El golpe de los tiempos acaso haya sido demasiado fuerte para una época indolente que tuvo a su ángel exterminador en Eduardo Duhalde. Con la bestial pesificación de los depósitos, el presidente interino acabó con el sueño de ser parte del mundo y devaluó las almas. El peronismo apagó el incendio del peronismo pero el sistema bi partidista estalló en pedazos y la reconstrucción del país roto comenzó con la titánica tarea de volver a contar el pasado.

La batalla cultural

Tras una devaluación feroz, índices de pobreza en una cifra cercana al 50%, pesificación de los depósitos en dólares y licuación de las deudas de las grandes empresas nacionales, Argentina estaba lista para el éxito. La aparición del mercado asiático como nuevo consumidor global elevó por las nubes el precio de las commodities agropecuarias; la invasión de Estados Unidos a Irak tras el atentado del 2001 y su estrategia global de acumular reservas hizo que el barril de Brent superara los 100 dólares. La economía argentina, basada en la exportación de materias primas, comenzó a crecer a un ritmo frenético del 9% anual cuando un desconocido Néstor Kirchner llegó a la Casa Rosada. El Banco Mundial corrobora que toda América Latina experimentó una prosperidad extraordinaria durante el período 2003–2009. La clase media se elevó hasta comprender a unas 152 millones de personas, un aumento de más del 50% de la población. En nuestro país, las capas medias pasaron de 9.3 millones a 18.6 millones tanto por el sostenido crecimiento como por la estabilidad cambiaria sobre la que se fundamentan los índices de medición de ingresos. Fue el mayor crecimiento de la clase media en toda la región.

El progresismo porteño fue reticente a Néstor Kirchner por su pasado menemista pero el extraño carisma del santacruceño proporcionó las escenas memorables que la fallida Alianza no pudo o no quiso construir. Bajar el cuadro de Videla de las galerías del Colegio Militar es el mejor ejemplo, un acto de justicia innegable y la posibilidad de ocupar el perpetuo lugar de la víctima en el tribunal de la historia. Entender que los argentinos hemos sido Dorrego pero también Lavalle, Peñaloza pero también Sarmiento, Guevara pero también Videla, es un gran antídoto contra la tentación de justificar acciones políticas del presente en nombre de lecturas sesgadas del pasado. La victimización y el espíritu reivindicativo fueron dos operaciones culturales permanentes del kirchnerismo en su lenta transición hacia el populismo. De todos modos, una sociedad ávida de relatos compró la esperanza que el nuevo líder supo administrar bajo una gestualidad torpe que parecía alejarlo del establishment. Vale decir que, lejos de las luces, el poder real y el kirchnerismo experimentaron una suerte de primavera corporativa. Como dice la socióloga Maristella Svampa en un estudio del año 2013,

(…) la tentativa de innovar en la esfera de la política, a través de la creación de una nueva fuerza transversal progresista, tuvo una vida breve. Ya en 2005 el kirchnerismo optó por apoyarse en la vieja estructura del Partido Justicialista, sellando por un lado una alianza duradera con los sectores más conservadores y reaccionarios, entre ellos los intendentes del Conurbano Bonaerense y los gobernadores de provincia; por el otro, fuertes acuerdos con un ascendente Hugo Moyano, jefe de los camioneros y líder de una CGT unificada, en quien conviven las apelaciones antineoliberales de la tradición nacional-popular con un sindicalismo de corte empresarial. Por último, luego de la devaluación asimétrica, que benefició a sectores concentrados de la economía, le siguió un período de reactivación de la industria lo que fue forjando alianzas de largo alcance con grupos importantes de la burguesía local, muchos de los cuáles se vieron también beneficiados por una política generosa de subsidios.

El apoyo del establishment a Néstor Kirchner no deja de ser, de todos modos, un enorme logro para un pequeño grupo de dirigentes llegados del sur que no pudieron imponerse en las urnas tras la decisión de Carlos Menem de abandonar el ballotage. Con una economía en expansión, la senadora nacional Cristina Fernández venció en primera vuelta a Elisa Carrió en las elecciones de 2007.

La historia de América Latina puede explicarse a partir del precio de las commodities y la necesidad de financiamiento derivado de ello; el contexto internacional que traccionó el crecimiento sería de aquí en más un problema para la región. La crisis global del 2008, originada en el mercado hipotecario de Estados Unidos, encareció el crédito y obligó a gobiernos de todo el mundo a ajustar el gasto público. Las burbujas financieras estallaron en cámara lenta y golpearon con fuerza a países como España, Brasil o Inglaterra. En América Latina, la fuerza regional del chavismo eligió el camino inflacionario antes que un re ordenamiento de las cuentas públicas y radicalizó una postura anti monopólica y anti norteamericana que hasta entonces sólo se había sugerido en las zonas más extremas de cada experiencia política. La búsqueda de enemigos, tentación permanente de cualquier gobierno, contó con el apoyo fervoroso del campo intelectual, hábil para hallar en teóricos como Carl Schmidt o Ernesto Laclau los fundamentos de una conveniente polarización. En el afán de conseguir financiamiento, el kirchnerismo avanzó torpemente en una reforma del cálculo de las retenciones agropecuarias que se transformó en un conflicto de índole nacional. En lugar de frenar la escalada discursiva, los voceros satelitales del gobierno rivalizaron con uno de los pocos sectores que genera divisas genuinas y cuyo arraigo en el país profundo es muy poderoso. La sociedad se halló entre el fuego cruzado de productores rurales y funcionarios públicos y volvió entonces una división social específica del peronismo que, como hemos visto, no es necesariamente clasista sino más bien simbólica o identitaria. La grieta es un fenómeno de la clase media y sigue hasta nuestros días, a veces cruzada por violencia y otras por una ironía típicamente argentina. El kirchnerismo tomó partido contra una parte de la ciudadanía con el apoyo de una nueva juventud militante que compró como un combo de McDonalds la narrativa cómoda de la victimización.

237 mil personas se congregan frente al Monumento a los Españoles en apoyo al campo (2008)

Néstor Kirchner firmó, momentos antes de dejar el gobierno, un decreto que sellaba la fusión entre Cablevisión y Multicanal. El presidente saliente imaginó que ese gesto extendería el silencio que cubrió como un manto sus 4 años de mandato y, acaso por eso, cada crítica del diario le generaba una irritación rayana en lo patológico. Lo cierto es que Clarín tomó partido por el campo en la miserable batalla establecida y comenzó a ejercer una oposición hiperbólica que exhibió la corrupción del gobierno, impune hasta entonces sólo por su propia complicidad como parte del establishment. La guerra contra “la corpo” estuvo plagada de tiros por elevación a la clase media: si un ciudadano era opositor no hacía más que creer las mentiras de ese diario, idea que anula de manera fascista la posibilidad del pensamiento libre. El campo oficialista creyó su falsa superioridad moral; Cristina Fernández citó en una conferencia de prensa de agosto de 2008 a Arturo Jauretche y su libro El medio pelo argentino para explicar la falta de apoyo de las capas medias. Aunque Jaurecthe es un escritor mediocre con ideas que no muchas veces pasan de prejuicios de cafetería, las políticas que apelan al resentimiento tienen el eterno problema de ser exitosas.

Las pequeñas marchas civiles contra el gobierno eran motivo de burla y degradación por parte del nuevo aparato estatal de comunicación, creado con un presupuesto público cada vez más deficitario. La inflación comenzó a crecer y con ella los índices de una pobreza estructural superior al 30% que jamás fue tratada integralmente. En ese afán, el gobierno de Cristina Fernández intervino el INDEC y dejó de dar números oficiales, una aberración política que pudo disimularse con la complicidad de un campo intelectual a sueldo en el estado y ya fervorosamente chavista. En un contexto económico complicado que los llevó a perder las elecciones intermedias del 2009, el oficialismo avanzó con la Asignación Universal por Hijo, otra medida que tiende a repartir la riqueza en lugar de generarla y que pese a sus buenas intenciones ha tenido un efecto muy pobre en términos de movilidad social. Por supuesto, el kirchnerismo impuso su mirada maniquea e imaginó que sólo las huestes del mal podrían estar en contra de “ayudar a los pobres”. La súbita muerte de Néstor Kirchner y la decisión de Mauricio Macri de no participar de las elecciones del 2011 allanaron el camino para que Fernández reelija con el apoyo fabuloso del 54% del padrón electoral.

El último mandato de Cristina Fernández oscila entre la tragedia y la completa incredulidad de una sociedad que tomó lentamente las calles. A los pocos días de haber ganado las elecciones el gobierno impuso un cepo a la compra de dólares, una medida que la clase media tomó como un llamado a la guerra. Por supuesto, el dolar paralelo comenzó a duplicar al oficial aunque los funcionarios de turno lo negaron en un estilo que se fue haciendo cada vez más patotero. La trágica inundación en La Plata, los paros de la policía o el accidente de una formación de tren en la estación de Once fueron escenas brutales de un estado puesto menos al servicio de la población que al de una organización partidaria que se juzgó dueña de la verdad y que, frente a la muerte, no hizo más que elevar el tono de una discusión intelectualmente deshonesta.

El 8 de noviembre del 2012, la clase media cohesionada bajo una suerte de estupor republicano salió a las calles para manifestar su repudio al kirchnerismo. La importancia del #8N no sólo está dada por la masividad y el carácter federal de la marcha sino por el hecho, inédito hasta entonces, de que se haya organizado enteramente por las redes sociales. En el mundo ya habían ocurrido fenómenos similares (la Primavera Árabe es el mejor ejemplo) pero aquella noche se comprobó que la conversación infinita de Twitter y Facebook podía tener una escenificación en eso que llamamos realidad con un impacto enorme y positivo. La escena sobre la 9 de Julio tomó de sorpresa a un gobierno que invertía millones de pesos en maquinaria propagandística aunque la ausencia de representación política de esa multitud seguía siendo una ventaja relativa.

Se calcula que más de 700 mil personas salieron a la calle durante el #8N (2012).

Otro hecho que con el tiempo se revelaría crucial fue la elección de Jorge Bergoglio como jefe espiritual de la Iglesia Católica el 13 de marzo de 2013. El ahora Papa Francisco fue atacado de inmediato por el aparato de comunicación del kirchnerismo y pareció una esperanza para las capas medias huérfanas de representación. Sin embargo, su lectura del “neo liberalismo” como el causante final de todos los males de la región lo acercó a la dictadura de Nicolás Maduro, a quien incluso recibió en el Vaticano en una escena deshonrosa. La amenaza creciente del evangelismo en América Latina se hizo real cuando Jair Bolsonaro llegó a la presidencia de Brasil y Bergoglio acusó recibo al radicalizar su postura anti liberal y anti capitalista con la vaga imaginación de que eso sería un puente con esa entelequia que llamamos “pobres”, insumo principal de la Iglesia desde hace más de dos mil años. Es casi insólito leer el nivel de posicionamiento político del Papa en esta nota publicada por Clarin el 15 de noviembre de este año, en la que emula el discurso de un dirigente de La Cámpora como Pierre Menard emuló a Miguel de Cervantes.

El efecto que tuvo sobre las capas medias el posicionamiento de Bergoglio es positivo y liberador. El conservadurismo y los valores de la patria nacional católica fueron un lastre para su representación y en los rostros anónimos que marcharon a lo largo de la historia siempre estuvo presente un rancio espíritu anti popular que incubó el desprecio del progresismo y las capas trabajadoras. Es fundamental que la clase media asuma una postura liberal y progresista que le permita construir una agenda con futuro; en ese sentido, la “traición” del Papa parece una oportunidad frente al creciente conservadurismo de la izquierda que, con nuevas figuras como Ofelia Fernández, no hace más que darle una melodía trap a discursos extrañamente parecidos a los de Hugo Moyano. Como veremos más adelante, La Marcha del Sí Se Puede es, en algún punto, la representación callejera de una nueva identidad posible que aún debe recorrer un largo camino. La historia nunca está saldada.

El corrimiento a la izquierda del kirchnerismo fue balcanizando su estructura de poder y la aparición de Sergio Massa le dio una gran oportunidad a Mauricio Macri para imponerse en las elecciones presidenciales del 2015 por menos de dos puntos de diferencia. Cristina Fernández había desafiado a la clase media que marchó el #8N con la histórica frase “armen un partido y ganen las elecciones”. Eso, finalmente, pasó.

Let’s Change

El gobierno de Mauricio Macri sólo estaba diseñado para el éxito. Sobre estimando su capacidad, el presidente imaginó a la historia como una narrativa lineal hacia la felicidad del libre mercado y no como un campo de batalla entre fuerzas opuestas. El optimismo de los primeros días de gestión fue minando su credibilidad y, al final, su verdadero talón de Aquiles fue el único frente para el que no estaba preparado: la cultura entendida como “los conjuntos de saberes, creencias y pautas de conducta de un grupo social, que incluyen los medios materiales que usan sus miembros para comunicarse entre sí y resolver necesidades de todo tipo”.

Una de las tareas urgentes era recuperar la normalidad cívica y abandonar la concepción mesiánica del poder; aunque nos hemos acostumbrado a la locura política que los medios alimentan, los gobiernos deberían ser burocracias eficientes que busquen una experiencia satisfactoria para el nuevo usuario/ciudadano. El “estado presente” del kirchnerismo fue, en verdad, un eufemismo elegante para un “partido presente” que ejerció un sabotaje sistemático sobre las bases de la democracia, mecanismo cada vez más extendido en las repúblicas contemporáneas que Roberto Gargarella describe en una nota publicada en La Nación. Macri avaló una verdadera coparticipación federal, mejoró ostensiblemente las fuerzas de seguridad, fue democrático con los medios públicos y recuperó instituciones claves como el INDEC, todas iniciativas que formaba parte del “cambio” solicitado por la sociedad. Su legado es institucional, hecho trascendente en la cultura política argentina.

El problema de origen de Cambiemos es que esa apelación colectiva no necesariamente implicaba transformar la estructura productiva nacional, apuesta necesaria que exige rasgos de estadista mayor, una conversación cultural permanente y una amplitud política que necesariamente horada el concepto de pureza. La autosuficiencia que imaginó “el mejor equipo de los últimos 50 años” murió bajo el fuego amigo del mercado financiero en un contexto complejo con financiamiento inaccesible y sequía agropecuaria. Tras dos años de gobierno, hacia abril de 2018 Argentina no había cambiado nada y la fábula del eterno retorno volvió con ánimo vengativo. La sociedad apoyó a Macri mientras el dinero de la deuda mantenía el gasto público pero comenzó a abandonarlo tras la monumental crisis, cuando fue obvio que no hubo una construcción para soportar el ajuste que acaso debió haber empezado mucho antes. El gradualismo fue menos una estrategia política que la justificación conceptual de la falta de audacia; por fuera de la institucionalidad, no hubo una reforma impositiva, laboral o política que quede como herencia indeleble para el futuro. Más allá de la impostura siempre dañina del kirchnerismo, que denunció muertes y fraudes que nunca ocurrieron con el fervor de un barrabrava, Cambiemos nunca pudo abandonar una comunicación de campaña en la que se evitan decir o hacer cosas que puedan poner en riesgo votos. ¿Cómo se cuenta el poder? O mejor, ¿cómo se lo ejerce? Son dos preguntas que el gobierno no terminó de resolver, cegado por la visión idealista de que un cambio cultural estaba ocurriendo en las bases de la sociedad y que el tiempo (variable final del gradualismo) resolvería las dificultades sin necesidad de tomar grandes riesgos. Por supuesto, la ampliación del campo de batalla hubiera estado plagada de problemas y este diario está destinado a salir un lunes pero la sensación de oportunidad perdida prevalece en el aire. Tras 4 años evitando decisiones que pudieran reforzar alguno de los prejuicios que aún pesan sobre él, Macri se transformó en el monstruo que narran los artículos de El Destape y en el comunista con buenos modales que imagina José Luis Espert. El votante es siempre diverso pero la identidad del espacio es un capital simbólico fundamental que no pudo desarrollarse frente al drama de ejercer el poder. Los pésimos resultados económicos y la catástrofe de las PASO hizo evidente que ninguna elección es moral y que la moderación discursiva trajo todos los problemas y ninguno de los hipotéticos beneficios.

Máximo Kirchner expresó de manera brillante la relación de una parte de la sociedad con el gobierno de Macri: ¿quiénes son estos tipos para decirnos que tenemos que cambiar? A pesar de los problemas mencionados, Cambiemos tuvo el coraje de plantearle a la sociedad que el modelo que defienden dirigentes como Kirchner conduce a la pobreza y al autoritarismo. Las vastas barriadas del conurbano bonaerense en condiciones sub saharianas o el desastre en que se ha convertido la educación son problemas que ya existían en 2015. Contra la visión generalizada, no hubo en Argentina verdaderos gobiernos liberales en décadas y el himno del movimiento peronista ha cumplido uno de sus grandes objetivos: combatir el capital. ¿Cómo crear riqueza? No está claro. El modelo argentino es especialista en repartirla.

Una identidad posible

El resultado de las PASO trajo la certeza del regreso del kirchnerismo. El 24 de agosto, parte de la clase media se convocó por redes sociales con una agenda basada en la institucionalidad y la defensa del sistema republicano. La marcha sorprendió a todos por su convocatoria y estuvo lejos del aire lúgubre de años anteriores, cuando los rostros mórbidos de los usuarios de la línea D hábilmente retratados por el colectivo Mafia creaban imágenes mitológicas de villanos y profetas de la violencia. El #24A fue una celebración y el origen de la posterior Marcha del Sí, Se Puede, una blow whistle campaigne con resultados a la postre muy positivos en términos de recuperación de votos. Fui a muchas en todo del país y en todas noté el mismo espíritu festivo sin miedo al ridículo de personas que ni siquiera tenían muy en claro el protocolo de una convocatoria política. Los colores de la bandera argentina eran el único estandarte y no hubo ni consignas negativas ni fanatismo en defensa del gobierno. Por el contrario, todo tuvo el color de una fiesta popular. Pero ¿qué se celebraba?

No hay que ser muy perspicaz para comprender que el relato de la globalización está atravesando una crisis que se potencia, paradójicamente, por los efectos positivos de una conexión tecnológica que deshace fronteras. Aunque la pobreza se redujo significativamente en los últimos 50 años, la abrumadora información trae consigo una crisis de expectativas que desarma lo que nos rodea en nombre de la difusión de la vida privada de millonarios y estrellas de cine. Un chileno lanza una piedra a una vidriera de Sodimac en su afán de luchar contra el capitalismo, su imagen sin contexto se comparte en las cuentas de redes sociales de personas que ven en ese modesto David a la víctima de un sistema que le permite casi todo a excepción de romper vidrieras. La transformación en el modo de producir riqueza genera menos esperanzas que miedos, tal como ocurrió en los albores de la revolución industrial. Un economía basada en el conocimiento deja sin valor la fuerza corporal del humano y la violencia es una forma de conectarse con una animalidad que comienza a morir de insignificancia. El backlash de la utopía global trae consigo un aumento de las identidades tribales que actúan como defensa contra la pretendida uniformidad de lo conectado. Estos procesos de reivindicación pueden caer, en el peor de los casos, en el desprecio por el inmigrante o el otro cultural. La clase social, el sexo, la religión y el clima son tan importantes como la nacionalidad en la construcción de la identidad: marchan las mujeres, las minorías raciales, los chalecos amarillos, los separatistas catalanes, el colectivo LGBT, los jóvenes de Hong Kong y de Chile, y todos ellos van reconociéndose como parte de un grupo identitario a la vez que gritan no tanto en nombre de una agenda específica de reclamos sino para manifestar su existencia, la mera supervivencia de lo que son.

La Marcha del Si, Se Puede deben ser entendidas bajo la lógica de la identidad. Si convocaron a más de dos millones de personas en todo el país y se transformaron en una celebración fue porque, después de muchos años, el colectivo difuso que participó de ellas reivindicó sus valores en lugar de negar valores de terceros. Usando pobremente términos de la filosofía, fue la manifestación de un ser en lugar de un no-ser. Las razones de este cambio son una serie de novedades de la historia que acabaron siendo beneficiosas. En principio, el corrimiento de la Iglesia Católica hacia el campo “nacional y popular” trajo como consecuencia la desparición afortunada de imágenes del Papa Francisco en las marchas, algo insospechado en cualquier otro contexto y que remueve parte del lastre nocivo del conservadurismo católico. Luego, el lógico recambio generacional trae consigo valores progresistas que conectan mucho mejor con el sentir de la época. Finalmente, la intrascendencia de los partidos políticos en términos electorales también es una ventaja: ya no hay radicales, obsoletos integrantes de la UceDé o militantes del Pro sino frentes amplios con ideas que tienden a unirse y fusionarse. El antiperonismo siempre fue muy fuerte: después de una histórica hiper inflación, el candidato de la UCR Eduardo Angeloz sacó 37% de votos en las elecciones presidenciales de 1989, sólo cuatro menos que Mauricio Macri treinta años más tarde. La oportunidad que abre la historia y que comenzó a escenificarse en estos días es que la clase media deje de pensarse como una negación sino como la afirmación de valores propios con una agenda destinada a participar de las conversaciones del futuro. Para eso, una de las claves es la libertad.

La libertad es una palabra que suena oxidada o banal pero que no deja de ser vilipendiada por los mercaderes de utopías bajo el eufemismo tramposo del “neo liberalismo”. Ya pasaron más de dos siglos desde la revolución francesa pero la liberté está en riesgo frente a la concepción del “partido” como el rector de la vida pública, plataforma ideológica que una y otra vez ha servido de excusa para avanzar sobre las derechos individuales. La democracia no es un concurso de popularidad que se efectúa cada 4 años sino una conducta civil permanente en el que la elección debería ser poco más que una formalidad. La crisis que atraviesa el sistema democrático puede tener relación con algunos de los estudios de Antonio Escohotado, quien afirma que las revoluciones son originadas menos por ciclos de pobreza que por largos años de prosperidad. Los imperios de Julio César y Augusto engendraron el pobrismo cristiano, la Revolución Industrial hizo lo mismo con el comunismo. “Al crecer la prosperidad crece la autonomía y la novedad refuerza el espíritu conservador como antídoto para la incertidumbre, despertando un afán de certezas absolutas que es el caldo de cultivo recurrente para soluciones mesiánicas. Emergen salvadores providenciales del pueblo que venden seguridad a cambio de obediencia, alegando que la libertad ni se come ni se bebe”. No es descabellado imaginar un futuro no muy lejano en el que las personas prefieran regímenes autoritarios que les quiten de encima la angustia de la decisión, algo que sucede con matices en países centrales del mundo como Rusia, China o India. Frente a este dilema que la historia trae de regreso una y otra vez, la libertad para comerciar, ahorrar, pensar y decidir sobre la vida íntima es trascendental. Si la nueva generación de la clase media toma esa agenda, es probable que cumpla un rol importante en la vida política nacional

7 de diciembre de 2019, despedida de Mauricio Macri. La clase media sale del clóset.

Aún cuando los redactores de Tiempo Argentino se empeñen en repetir lo contrario, Macri deja un legado institucional trascendente. La foto junto a Alberto Fernández en la basílica de Luján es la posibilidad de un país en el que haya algunos consensos mínimos sobre los que resolver problemas, más allá de lo que suceda luego durante el mandato kirchnerista. Imaginar una identidad única es una ambición totalitaria, trabajar para que todas esas identidades puedan convivir por fuera de la narrativa bélica es un objetivo tan modesto como la democracia. Un problema argentino siempre fue el diálogo sordo entre un aparato simbólico poderoso y otro apenas definido por una serie de negativas. En la medida en que este segundo grupo vaya estructurando su identidad, mejorará la calidad democrática del país. Una parte de ese trabajo puede estar centralizado por organizaciones partidarias pero es mucho más importante el rol de los propios ciudadanos sabiéndose parte del colectivo y generando los contenidos que conversen con la coyuntura a la vez que multipliquen imágenes de lo que son.

Toda la historia confluye siempre en el presente: los anónimos que marcharon para despedir a Irigoyen, los que portaron carteles fascistas en las marchas contra Perón o Kirchner, los que celebraron el regreso de la democracia junto a Alfonsín, los que fueron motivo de burla por parte del nuevo progresismo, los que caminaron hasta las plazas de su ciudad para la marcha del Si, Se Puede, todos fueron haciendo y deshaciendo una identidad que hoy tiene la oportunidad de ser más luminosa. Esa reivindicación identitaria permitió que el presidente saliera en andas del ejercicio siempre traumático del poder y es menos un triunfo de Macri que de los miles de hombres y mujeres que lo cargaron al hombro.

Pienso y hago contenidos en www.publicalab.com

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